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LOS CELTÍBEROS Y LA GUERRA

“Sus habitantes eran excelentes jinetes e infantes (...) causaban grandes problemas a los romanos por su valor” (Apiano, Iber. 76)

La continuada situación de guerra en la Celtiberia tenía por causa el estado de necesidad de botín y por base la idiosincrasia de los habitantes, sobre todo, centradas en el robo de ganado, la guerra como medio de adquirir prestigio y riqueza. La importancia del arma del instrumentum. La guerra y la muerte con honor. la importancia de la guerra para conseguir prestigio y riqueza, la ética agonística vinculada a ésta, los combates singulares son muestra del peso de lo militar, reflejado en la iconografía de las representaciones cerámicas. Los celtiberos “ejecutaron sus danzas típicas con los acostumbrados movimientos de armas y cuerpos”.

La tecnología de la guerra: armas y armaduras

Además del valor de los celtíberos y la bravura de sus caballos, los textos clásicos también destacan la calidad y eficacia de su armamento. Diferentes autores hablan de las excelencias de las forjas celtibéricas, ya hacia el año 250 a.C., Filón elogiaba las armas hispánicas. Diodoro relata cómo éstas eran enterradas en la primera fase de fabricación para, mediante martillado, ser eliminada después la herrumbre producida; Justino y Marcial consideran la importancia del temple del acero en las frías aguas de los ríos Chalibs, Salo y Bílbilis, como garantía del resultado final.

-Armas ofensivas y defensivas

El equipo militar lo conocemos por los ajuares hallados en las tumbas y por las representaciones iconográficas en las cerámicas y monedas. Las necrópolis permiten conocer los cambios producidos en el armamento y su tecnología a lo largo de los siglos. De esta manera se puede conocer el equipo guerrero de los numantinos y las armas más frecuentemente utilizadas. Están representadas tanto ofensivas: espadas, puñales y armas enastadas; como defensivas: escudos, cascos y armaduras.

-Espadas y puñales

“los celtíberos difieren mucho de nosotros en la preparación de las espadas. Tienen una punta eficaz y doble filo cortante, por lo cual los romanos, abandonando la espada de sus padres, desde las guerras de Aníbal las cambiaron por las de los iberos. Y también adoptaron su fabricación, pero la bondad del hierro y el esmero de los demás detalles apenas han podido imitarlos” (Suidas)

“Los celtíberos usan espadas de dos filos fabricadas de hierro excelente…Tienen un modo singular de prepararlas…Entierran láminas de hierro hasta que con el tiempo la parte débil consumida por la herrumbre se separa de la parte más dura; las armas así fabricadas cortan todo lo que se les opone; ni escudo, ni casco, ni hueso resisten a su golpe por la extraordinaria dureza del hierro” (Posidonio)

Polibio, refiriéndose al año 216, resalta la característica principal de la espada celtibérica consistente en que “podía herir lo mismo de punta que de filo, mientras que las de los celtas servían únicamente para el tajo, y esto a cierta distancia”. Según Suidas, todavía el año 225 los romanos usaban una espada corta parecida a la griega, y se sabe que con motivo de las guerras con Ánibal, impresionados por el superior armamento de los mercenarios hispánicos que los cartagineses llevaban en su ejércitos adoptaron al espada hispana, “gladius hispaniensis”.

Los diferentes tipos de espadas celtibéricas han sido conocidas a través de las excavaciones de las necrópolis, por lo que su nombre, en gran medida, responde al de las localidades antiguas o modernas relacionadas con éstas. También algunos tipos, sobre todo de puñales, se conocen por los elementos diferenciales de su empuñadura.

Espadas tipo Aguilar de Anguita. Estas armas coinciden plenamente en su estado formal, detalle de la decoración con hilos de cobre incrustados en las empuñaduras. Se conoce un mayor número de ejemplares en la necrópolis de Aguilar de Anguita, pero también aparecen en Sigüenza, Carabias, La Olmeda, Valdenovillos, Atienza, Alpanseque y La Mercadera.

Espadas de frontón, caracterizada por el remate de su empuñadura en forma semicircular. Se conocen en Alpanseque, Aguilar de Anguita, La Mercadera y La Olmeda.

Espada de tipo Atance: de empuñadura rematada en antenas atrofiadas y su hoja recta posee acanaladuras de un haz central finamente rasurado, al que bordean dos anchos surcos. Alcanza su auge en las necrópolis de un momento avanzado.

Espada tipo Arcóbriga: de hoja pistiliforme y empuñadura de antenas atrofiada, finamente decoradas con damasquinados de hilo de plata. Se conocen sobre todo en la Meseta, tanto en la zona celtibérica como en las necrópolis vetonas que han aportado un gran número de ejemplares y los más suntuosos (siglos IV-III).

Espadas de La Tène: de procedencia europea, se conocen sobre todo piezas meseteñas que imitan estas, de hojas más anchas y recorridas por acanaladuras.

Puñales de frontón: inspirados en las espadas del mismo nombre, como aquellas se caracterizan por el remate de la empuñadura en forma semicircular. Se conocen en momento antiguos pero tras una profunda remodelación continuarán hasta el siglo II a.C., con algunos ejemplares ricamente decorados en sus empuñaduras y en sus vainas. Se conocen bien en la Meseta Occidental.

Puñales biglobulares o dobleglobulares: denominados así por los dobles círculos que decoran su empuñadura. Son considerados las armas más típicamente celtibéricas, durando hasta plena romanización, hallándose tanto en asentamientos como en necrópolis.

Las panoplias guerreras, en las que aparecen conjuntamente la espada y el puñal, se consideran características de los ajuares funerarios más evolucionados. Esta modificación de la panoplia, a lo largo del siglo III a.C., conllevaría innovaciones en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, quizás relacionadas con el uso de la espada de La Tène y sus diferencias de tamaño y filo, que necesitarían del complemento del puñal. A la presencia conjunta de espada y puñal en los equipos militares hace referencia Posidonio , que indica que los celtíberos usaban espadas de dos filos y puñales de un palmo de longitud, de los que se sirven en los combates cuerpo a cuerpo.

Lanzas y armas arrojadizas

Tanto en necrópolis como en poblados, se ha recuperado un gran número de puntas arrojadizas de hierro, de diferentes formas y tamaños. Las más usuales son las de lanza y jabalina. Las conocemos por sus partes durables, es decir por la punta o puntas metálicas que se han conservado, pero sin olvidar que el elemento esencial y característico de esta arma es el asta, frecuentemente de madera de fresno, en cuyos extremos opuestos, a modo de refuerzo, encuentran sentido la punta y el regatón, que evita desgastes y equilibra el peso. 

Las puntas de forma foliácea iban unidas al asta, a través del hueco cónico o cubo de su base donde se embutía la madera. Su longitud oscila entre los 13-20 cm de algunas jabalinas, hasta los 60 cm de algunas lanzas. Estas armas serían usadas tanto por la caballería como por la infantería, pudiendo incluir cada guerrero una o varias de estas armas.

También tenemos ejemplos de de finos y largos vástagos de hierro, rematados en pequeña puntas, con base en forma de cubo para ajustar o embutir el asta de madera, que se han relacionado con lo que los textos clásicos llaman falarica, que a veces se confunden con el pilum romano. Otra variante de arma arrojadiza bien documentada en las tumbas es el soliferrum que consiste, como su propio nombre indica, en un vástago de hierro, con punta lanceolada y longitud de aproximadamente 180 cm.

Hondas

Estrabón comenta el uso de la honda entre los celtíberos y son abundantes en algunos yacimientos los proyectiles fabricados con arcilla, como en Numancia donde se conocen numerosos proyectiles de barro, de un peso aproximado de hasta 30 gramos y forma similar a los glandes de plomo utilizados por los romanos, aunque éstos abandonaron muy pronto el glande de plomo por el de barro, más eficaz por ligero y económico.

Se pensó inicialmente que el de barro no se trataba del proyectil hiriente, sino del incendiario, del que habla Cesar en la Guerra de las Galias. Taracena relacionó este proyectil incendiario con unas pelotas de barro mal cocidas y del tamaño de un puño, caladas con agujero, que pudo servir para sujetar la estopa con pez o resina que las envolviese, que presentaban inequívocas muestras de manchas y requemados.

Escudos

Dice Posidonio que “los celtíberos van armados, algunos con el escudo largo galo, otros con escudo redondo”, este último tipo, fabricado en cuero o madera con úmbo metálico, es el más conocido, al que los latinos llamaban caetra. Fue usado tanto por infantes como por la caballería, y solía transportarse colgado sobre el cuerpo.

Sus representaciones de este tipo de escudo son numerosas en las cerámicas numantinas. Su tamaño podía ser inferior a los dos pies señalados por Estrabón, aunque algunos ejemplares representados en los vasos de Numancia pudieran alcanzar este tamaño, en torno a 50 cm de diámetro. Las estelas de Lara y Clunia muestran que la caetra de los jinetes era bastante mayor. Casi siempre debió tener úmbo metálico y a veces parece que pudo ser embrazado, sino empuñado.

Existió una variedad de caetra cóncava al exterior, pero lo general entre los celtíberos es que fuese convexa, de cuero o madera ornada con pinturas y de unos 5 a 10 milímetros de espesor a juzgar por las abrazaderas conservadas. En la marcha iba suspendida a la espalda por una correa que cruzaba hasta el hombro derecho, por el pecho, a la axial izquierda de los infantes o colgada sobre el costado delantero del caballo en los jinetes.

Algunos de estos escudos eran pequeñísimos, poco mayor que una manopla, para usar empuñado, propio para la lucha cuerpo a cuerpo, y en rapidísima esgrima útil para detener los golpes enemigos, como se aprecian en algunas estelas de Clunia. 

Cascos

Se tienen referencias de cascos metálicos, así Poseidonio hace referencia a uno “de bronce, adornado con cresta de color escarlata”, pero contamos con pocas referencias más, dos de tipo céltico representado en un vaso de Numancia, que remata en fauces bífidas de monstruo y cimera movible, similar a la que se refiere Silio Itálico en relación con Uxama. Otros rematan en cuernos o en figura de gallo y uno, pintado en un oinochoe de Ocenilla, termina en un crestón ático. En las necrópolis antiguas de Alpanseque y Almaluez (Soria) aparecieron cascos de tipo cónico con forma de ojiva y decoración repujada y otro de Aguilar de Anguita (Guadalajara) está realizado con dos láminas finas de bronce unidas en la parte superior y provisto de guardanucas y carrilleras, a modo de los cascos corintios.

En la necrópolis de Numancia se ha reconocido restos de un casco mediterráneo de fina lámina de bronce que conserva sólo parte de un lateral con carrillera, articulada al casco por medio de una bisagra, similar a otro casi completo, procedente de Muriel de la Fuente (Soria). Se trata de un modelo conocido como casco ático, por su origen, pero también denominado samnita, que fue adoptado por los romanos a partir del siglo IV a.C., generalizándose en la península Itálica a lo largo de la época republicana y conociéndose en diferentes lugares de Europa. Pero tipo más extendido en un momento avanzado, usado por los romanos, es el Montefortino, del que se conoce el ejemplar de Quintana Redonda (Soria), asociado con un tesorillo de monedas de Bolscan.

Los escasos hallazgos de cascos llevan a pensar que la mayoría de los ejemplares estarían realizados en materiales perecederos, como se deduce de la cita de Silio Itálico, referida al uso de ejemplares de cuero por los cántabros; así como, la de Estrabón, que indica la rareza de cascos metálicos entre los lusitanos, ya que sólo algunos portaban tipos con tres cimeras, mientras que los demás usaban cascos hechos con nervios. A su vez, refiriéndose a los pueblos del norte dice que no todos llevaban casco, sino que acostumbraban a llevar el pelo largo como las mujeres, aunque en el combate se ceñían la frente con una cinta. Estos datos permiten pensar que el casco, especialmente los metálicos, además de protección era un elemento claro de ostentación y prestigio.

Armaduras y cotas

Según Estrabón: “algunos llevaban cotas de mallas y cascos de triple cresta” y refiriéndose a los lusitanos, dice: “los más usan corazas hechas de lino y muy raros las emplean de malla”, también Horacio menciona las “loricae iberae”. Se han recuperado restos de cota de malla en la necrópolis de Almaluez y como variable destacable hay que citar los pectorales de discos de bronce, ensamblados con juegos de cadenas, en la necrópolis de Aguilar de Anguita y fragmentariamente en la ciudad de Numancia. Éstos se colocaban sobre prendas resistentes de cuero, tal y como muestran algunas representaciones escultóricas ibéricas.

Otros objetos usados en la guerra

Un instrumento bélico y de uso corriente, propio de la Celtiberia, era la trompa de cerámica, de la que existen ocho ejemplares completos y otros cincuenta hallados en tierra de arévacos. Apiano habla del cuerno empleado por el ejército numantino y los hallazgos muestran que eran trompetas en circunferencia sobrepasada por boquilla y bocina con un diámetro entre 15 y 25 centímetros; algunas de estas bocinas toman la forma de fauces de monstruo, como el carnyx de los galos. En Numancia han aparecido restos de una trompa terminada en doble boca, con boquilla única.

Livio habla de estandartes y enseñas militares, haciendo referencia al número de las cogidas por los romanos en diversas batallas: 62, en el 181 en Contrebia; 72 en la batalla de Mons Chaunos (Moncayo), en el año 179; y 32 en la acción del año 175 --- en la moneda de C. Colelius Caldos podemos reconocer estos estandartes, rectangulares y pendientes de un asta como los romanos

 

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